Vialidad… calidad y competitividad

POR CARLOS JARAMILLO VELA

 En días pasados, el 17 de Marzo de 2015, uno de los medios de comunicación de la localidad publicó una nota periodística que tocó un tema que resulta fundamental, aunque no lo parezca, para la calidad de la infraestructura urbana de la ciudad de Chihuahua, y por consecuencia, para la competitividad de esta ciudad capital así como para la calidad de vida de sus habitantes. El asunto abordado por la nota es el relativo a los coloquialmente conocidos como topes -bordos, boyas o como se les quiera denominar-. En dicha nota, titulada “Topes y bordos son estorbos peligrosos. Entorpecen la circulación y dañan vehículos.”, la autora de la misma y reportera, Vanessa Rivas Medina, hace mención de las incomodidades y problemas que la existencia de esos elementos -ideados y construidos para tratar de reducir la velocidad de los automóviles- genera para los conductores de vehículos automotrices, así como para la integridad de esos medios de transporte.

 Pareciera que después de muchos años de encontrarnos inmersos en una especie de subcultura que nos ha llevado a infestar prácticamente toda la red vial de la ciudad de Chihuahua con dichos obstáculos, apenas ahora nos damos cuenta de sus perniciosos efectos, los cuales van más allá del carácter meramente físico, pues tienen repercusiones que trascienden a los ámbitos urbanístico, psicológico, ecológico, logístico y económico.

 Aunque es fácil comprender que tales aditamentos a la cinta asfáltica surgieron ante la necesidad de las autoridades para responder a las preocupaciones y demandas vecinales dirigidas a prevenir y/o evitar el incremento en el número de accidentes en diversas zonas, sectores o colonias de la ciudad, derivado tanto del aumento de las unidades automotoras que circulan por las calles citadinas, así como de las altas velocidades a las que son conducidas por sus guiadores, la evidente realidad que con el tiempo se ha venido configurando demuestra que la respuesta adoptada no es, en el tiempo actual, la mejor opción.

 La protección y prevención para evitar la ocurrencia de accidentes no necesariamente debe implicar la instalación de barreras físicas como las que se mencionan. La adecuada educación cívica y vial del conductor y del peatón, el respeto de los conductores hacia los pasos peatonales a nivel y el uso obligatorio de estos por los peatones, así como la construcción de pasos peatonales a desnivel en los cruces donde tal solución resulte ser la alternativa recomendable, y el empleo de cámaras de video-vigilancia, son algunos de los criterios que en la actualidad deben sustentar a la política preventiva y de seguridad en materia vial.

 Cuando uno conduce un automóvil por las calles otras ciudades del extranjero, como El Paso, Texas, no se encuentra a su paso con la agresión consistente en una interminable -e inevitable- serie de topes, boyas, o algún otro invento que se le parezca, pues para detener el vehículo o reducir su velocidad el conductor solo tiene frente a sí semáforos, o señales que indican: “alto”, pasos peatonales o zonas escolares. Como resultado de ello la conducción de un vehículo es una tarea no solo más segura, sino también cómoda y placentera.  En cambio, en la ciudad de Chihuahua, mediante nuestras reiteradas presiones y exigencias planteadas año tras años a la autoridad vial, los ciudadanos la hemos ido obligando a adoptar, de manera casi sistemática, la incorporación de esos estorbosos elementos en los espacios viales, hasta el grado de convertir muchas de sus calles en áreas cuyo tránsito resulta lento, tedioso y estresante.

 Las presentes reflexiones tienen por objeto señalar las alternativas referidas, como un medio para evitar que en lo sucesivo sigamos administrando nuestra red vial en la forma equivocada. El sinfín de topes o barreras por los que cotidianamente -y contra nuestra voluntad- estamos obligados a pasar los miles de guiadores de la capital, nos cobran un alto costo del que a veces no nos percatamos: no solo afectan la condición físico-mecánica de nuestros vehículos –rápido deterioro de llantas, amortiguadores, suspensiones, discos y balatas-, sino que además nos causan un impacto psicológico adverso, y alargan los tiempos de traslado de un punto a otro de la ciudad, generando un considerable aumento en el consumo de combustible, así como mayor emisión de gases contaminantes a la atmósfera, el agua y el suelo.

 La problemática descrita no se circunscribe solo a los inconvenientes ya citados, pues esta se traduce en la existencia de una infraestructura vial de deficiente calidad, la cual a su vez le resta calidad de vida y competitividad a la ciudad al constituir un factor que además de impedir un amigable ejercicio de conducción vehicular menoscaba la funcionalidad y fluidez vial al entorpecer, demorar y encarecer los movimientos logísticos de personas y bienes. Si en adición a los aspectos comentados, consideramos también la notoria falta de sincronía del sistema de semaforización de la ciudad, podemos concluir que el tema de la vialidad es un nicho de oportunidad en el que aún se pueden desplegar significativas acciones para elevar la calidad de vida y la competitividad de la ciudad de Chihuahua, convirtiéndola así no solo en una urbe más cómoda y transitable para quienes la habitamos, sino también en una plaza más atractiva para nuestros potenciales visitantes, y para los inversionistas locales, nacionales y extranjeros. 

 Posdata: Saludo y felicito de manera fraternal al amigo, periodista y licenciado Osbaldo Salvador Ang, por la reciente presentación de su libro “Anécdotas Políticas de Chihuahua”; satisfactorio logro que es producto de su dedicación al estudio y la investigación, así como de su natural vocación periodística por revelar en forma pormenorizada interesantes e inéditos pasajes que forman parte de las crónicas de la historia política de nuestro estado.

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